Bolonia: entre la modernidad y el mercantilismo
Bolonia: entre la modernidad y el mercantilismo
La revuelta ‘antiBolonia’ denuncia la privatización de la Universidad. El Gobierno confía en ganar eficacia académica
El debate, que todos consideran necesario, ha sido avivado por los propios alumnos. Por un movimiento asambleario que ha pedido voz y voto en la reforma con un método tradicional de facultad: la revuelta. El problema es que el ruido generado desde las aulas ha eclipsado el núcleo del entuerto: qué es en realidad Bolonia.
Las universidades han tenido que refundar los planes de estudios con nuevos criterios
El documento, aprobado por los ministros de Educación de 29 países en 1999 en la ciudad italiana donde nació la primera universidad europea,
abrió un proceso para que los títulos de esos Estados fueran compatibles en 2010 y así facilitar la circulación de estudiantes, profesores y trabajadores.
Las universidades han sido obligadas a refundar los planes de estudios con nuevos criterios. Las diplomaturas, licenciaturas, ingenierías y doctorados actuales han cambiado a grado (nunca más de cuatro años), máster (de uno a dos años) y doctorado.
Público o privado
La aplicación de un máster es lo que introduce el debate público-privado. El secretario de Estado de Universidades, Màrius Rubiralta, explica: "Si queremos políticas públicas, hay déficit de ingresos y el sistema especulativo además ha quebrado, la que tiene que enriquecer el país es la Universidad".
Los estudiantes recelan: "Dicen que quieren adaptar la Universidad a la sociedad, que para ellos sólo es la empresa", defiende Olga Arrainz, una de las estudiantes que reclama renegociar la reforma.
El presidente de la conferencia de rectores, Ángel Gabilondo, cree que existe un conflicto de fondo: "La Universidad la pagamos todos y a veces nos creemos que pertenece sólo a los que estamos dentro".
"Dicen que quieren adaptar la Universidad a la sociedad, que para ellos sólo es la empresa"
La profesionalización de las carreras que pretende la reforma es comparada, desde los dos bandos, con el sistema de formación recibida por un médico. Unos años en la facultad, otros en el hospital, y una especialización definitiva y optativa junto a profesionales. "Así lo ha hecho Alemania", destaca Rubiralta. "Mientras un médico hace prácticas cobrando, ahora te exigen que las pagues con un máster", contrapone Arrainz, pensando en otras carreras cuya salida profesional no es el sistema público.
Los críticos añaden que la aprobación de nuevos títulos suma burocracia inútil al sistema académico y encarece las matrículas. "Si un estudiante de Derecho quiere ser abogado, tiene ahora que pagar los cuatro años y después un máster de abogacía, lo que ya ha empezado a encarecer las tasas", asegura Arnaiz.
En la agencia encargada de aprobar los nuevos títulos, la ANECA (Agencia Nacional de Evaluación de Calidad y Acreditación), consideran esa crítica como uno de los mitos que están rodeando al proceso.
"Sólo le pedimos a las universidades que nos demuestren las herramientas con las que cuentan para que, además de enseñar, garanticen que el alumno va a aprender", resume Gemma Rauret, directora de la entidad.
Las nuevas titulaciones tropiezan con errores de planificación, recursos y personal académico
Además, frente a las 140 titulaciones adaptadas por 33 universidades validadas por la Agencia de Evaluación de la Calidad y Acreditación (ANECA) y ratificadas por el Consejo de Universidades, otras 60 no han cumplido las exigencias para que se puedan impartir el próximo curso. “Se detectaron fallos, sobre todo en la planificación de la enseñanza, el personal académico y los recursos”, explica Eduardo García, coordinador de Innovación de la ANECA.
El 20% de las rechazadas presentaba incoherencias en la planificación de sus materias, contenidos, metodología o evaluación fijadas en su plan de estudios. Un porcentaje similar presentó carencias de personal académico, principalmente las carreras de la Ciencias de la Salud, Ingeniería y Arquitectura, y un 10% adolecía de los materiales necesarios.
Un poco de calma
Muchas universidades ya tienen alguna titulación funcionando, a modo de plan piloto. Y a pesar de todo, las facultades se han llenado de manifestaciones y encierros. “¡Parar a debatir!”, es el lema más utilizado por quienes rechazan el nuevo modelo europeo. “Un poquito de calma”, pide Víctor Moreno, de la Asamblea de estudiantes de la Facultad de Filosofía y Letras de Madrid, y continúa, “porque en realidad el debate de fondo es qué es la universidad y qué universidad queremos”.
El presidente de la Conferencia de Rectores de las Universidades Españolas (CRUE), Ángel Gabilondo, ve “indispensable” que haya “ese debate” movido por los alumnos y hace referencia a la “unidiversidad” en la que caben distintas formas de pensar. Entre las ventajas de crear un Espacio Europeo de Educación Superior (EEES), el también rector de la Universidad Autónoma de Madrid señala la homologación de títulos, el reconocimiento profesional en Europa y vincular los estudios con “dinámicas de bienestar social”.
Vida y ciencia
“La ciencia, como el derecho, no debe estar al servicio de la sociedad, sino explicar a la sociedad qué es verdad y qué no lo es”, afirma el profesor de Filosofía de la Universidad Complutense de Madrid, Carlos Fernández Liria. Y así pone el dedo en la llaga. Bolonia pretende que, por primera vez, empresa y universidad (sobre todo los másters) vayan de la mano. Y es precisamente ése uno de los puntos que menos agradan a los críticos.
“Las universidades públicas deben ser financiadas según criterios académicos autónomos, que se conformen a los intereses de la razón y no a los del mercado”, afirma Liria. Pero para muchos, este tipo de afirmaciones son demagógicas. “Muchos de nuestros estudiantes ya trabajan en las empresas. Los críticos deben estar de acuerdo en que la universidad no puede ser, como dice la vieja leyenda, una fábrica de parados”, afirma el vicerrector de la Universitat Pompeu Fabra (UPF), Josep Eladi Baños.
“¿Y qué pasa porque la empresa privada aporte algo a la universidad? Y más cuando el dinero público es tan escaso”, agrega Cristian Sirvent, presidente del Consejo de Alumnos de la Universidad de Alicante. Representa la otra cara de la moneda, la que ve el proyecto europeo como “una oportunidad de oro para cambiar las carencias actuales: rancias y caducas”.
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